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Música y trascendencia

Opinión

Música y trascendencia

Tino Canessa

Se acerca una nueva edición de los Premios Pulsar y se abren las apuestas. ¿Quién será el gran ganador de la cuarta edición de los premios que reconocen lo mejor de la escena musical chilena? Cerca de 70 artistas guardan la ilusión de llevarse la estatuilla del aplauso para consolidar o impulsar sus carreras musicales. Pero, ¿es este reconocimiento un sinónimo de trascendencia?  O en definitiva, ¿Qué es lo que hace a un artista trascender en el tiempo?

Imaginémonos que estamos en el año 1966 con una Violeta Parra publicando sus Últimas Composiciones mientras se enfrentaba a la frustración de ver como su gran carpa de La Reina, que pretendía ser un centro de la cultura folclórica en nuestro país,  se venía abajo al no lograr ni acercarse al éxito de una boyante Nueva Ola liderada por artistas como Luis Dimas, José Alfredo Fuentes y Cecilia.

La Nueva Ola, suerte de homólogo actual del fenómeno pop en Chile, era sin lugar a dudas la moda musical. Los artistas “vende discos” de la época atestaban los teatros de la calle Huérfanos, con multitudes de fieles fans dispuestos a lo que fuese por un autógrafo del ídolo del momento.

Hoy por hoy, si mencionamos el apellido Zabaleta (incluso en la industria musical) lograremos mayor asimilación con el galán de teleseries que con los hermanos que, emulando a bandas estadounidenses como The Everly Brothers y The Shadows, causaron furor en las juventudes chilenas de principios de la década de los 60 bajo el nombre de Los Red Juniors. O la mismísima Fresia Soto, artista ícono de la cultura pop de antaño que juraba inmortalidad tras ganar el Festival de Viña del Mar en 1967, certamen que se llevó a cabo mientras Violeta decidía quitarse la vida sin flashes ni anestesia.

Vaya travesura del destino que arrojó a Soto al olvido (no hay quinceañero que la conozca) y a Parra a lo más alto del Olimpo latinoamericano. Explicar porqué un artista logró o no trascender en el tiempo parece sencillo y ha sido motivo para innumerables ensayos y libros de investigadores de la música. Observamos su obra y como ésta ha influido en la sociedad y luego la justificación está dada por los hechos y su resonancia. Hablar de aquella música que de ahora en más trascenderá, pareciese ser la movediza arena incierta que al menos en mi caso, me atrae a reflexionar.

¿Qué pasará en el tiempo con Gepe, Camila Moreno, Javiera Mena y Los Vasquez? ¿O con Mon Laferte, quien se alza como la gran favorita de la presente edición de los Premios Pulsar? Alcanzar la popularidad en un momento determinado del tiempo nunca ha asegurado permanencia en él. Claro que muchos permanecerán por  legítimas expresiones artísticas cuyo impacto final difícilmente podremos predecir. Lo que sí está claro, es que en 50 o 70 años más, sería muy extraño que se lleguen a celebrar los centenarios de todos los artistas “corta tickets” de la actualidad.

A mi modo de ver, hay diversas formas de trascender que si fuesen un clivaje, tendría dos polos definidos. Por un lado está aquella icónica pero leve personalidad artística que trasciende cuando trasciende la levedad de nuestra sociedad, como una prolongación de sí misma en el tiempo; y aquella profunda búsqueda y manifestación que trasciende por ser historia de nuestro pueblo, relato sentido de épocas, configuraciones sociales y momentos que nos hablan del mañana aunque hayan sido expresadas en el ayer. Mientras los primeros logran trascendencia a través de sus imágenes y temáticas románticas, son los segundos los que logran posicionar por la atemporalidad de su contenido.

Es como si de pronto ciertos artistas se ganasen el premio de la atemporalidad, de la permanencia generación tras generación, validándose entre blancos y mulatos, entre momios y comunistas, aunque sea una vez ya muertos, por haber tocado aquello que nos pertenece a todos. Y para eso hay que ir profundo, sin duda.

El tiempo es un fino selector que reserva el derecho de admisión a los pabellones de la trascendencia solo a unos cuantos, en donde a mi parecer (cada cual tendrá sus candidatos) artistas actuales como Nano Stern y Pascuala Ilabaca, podrían lograr un nivel de trascendencia capaz de sobrevivir generaciones e influir en la música chilena y latinoamericana, tal como también lo hizo Víctor Jara o en menor medida, Margot Loyola. La misma Pascuala nos advierte en su obra “Violeta y Frida” que hay que saber reconocer a los artistas en vida. Y yo creo que no solo con una estatuilla sino con el calor de una sociedad que no se baste con la satisfacción de escuchar aquello que se repite porque la fórmula está buena, sino que a través de un pueblo capaz de escuchar pero también sentir lo que un artista significa y significará para nuestras sociedades.

Autor: Tino Canessa

Foto portada: Manu Rojas